Estoy triste

España, enero de 2026

En 2024 se registraron en España más de 600.000 bajas laborales por motivos de salud mental, lo que convirtió a estos trastornos en la segunda causa de incapacidad temporal. El dato confirma la dimensión de una crisis silenciosa que afecta de forma directa al bienestar de la población y a la productividad del país.

La salud mental se ha consolidado como una de las grandes preocupaciones del siglo XXI. Trastornos como la depresión y la ansiedad impactan en millones de personas en todo el mundo. Según la Organización Mundial de la Salud, la depresión afecta aproximadamente al 5,7% de la población adulta mundial y es una de las principales causas de discapacidad a nivel global. Sus efectos van mucho más allá del estado de ánimo: en función de su gravedad, puede generar dificultades cognitivas, emocionales, sociales y laborales, e incluso derivar en una incapacidad permanente cuando se vuelve crónica y severa.

Durante décadas, estos problemas han permanecido invisibilizados, lo que ha dificultado su prevención y detección temprana. Aunque en los últimos años se habla más abiertamente de salud mental en los medios y en la esfera pública, las cifras continúan siendo alarmantes. Entre 2018 y 2024, las bajas laborales relacionadas con síntomas emocionales aumentaron cerca de un 490%. A este escenario se suma el incremento del consumo de psicofármacos: un estudio reciente de Cofares señala que la solicitud acumulada de antidepresivos creció un 24% durante 2024. Para los expertos, estos datos reflejan la necesidad de actuar de forma urgente desde las instituciones, las empresas y la sociedad en su conjunto.

La tristeza es uno de los sentimientos que los especialistas identifican como nucleares en la depresión y suele estar asociada a experiencias de pérdida, ya sea de una persona, de estabilidad, de expectativas o de condiciones de vida. Factores como la pandemia de la COVID-19, la inestabilidad geopolítica, la precariedad laboral, las dificultades de acceso a la vivienda o el desempleo juvenil han generado un clima de incertidumbre prolongado que ha intensificado la sensación de desesperanza en amplios sectores de la población.

Según explica Irene Caro, profesora y directora del Doctorado en Salud Mental y Prevención del Suicidio en la Era Digital de la Facultad de Psicología y Ciencias de la Salud del Grupo Educativo CEF.-UDIMA, la visión sobre la depresión ha cambiado en los últimos años. “Tradicionalmente se asociaba a aspectos endógenos de la persona y a circunstancias muy concretas, pero ahora se pone cada vez más de relieve el profundo impacto que tienen los factores sociales, económicos, sanitarios y del entorno en el bienestar psicológico”, señala. Caro recuerda que la tristeza es una reacción normal y adaptativa, pero advierte de que cuando se vuelve constante, generalizada y prolongada en el tiempo, puede desembocar en trastornos físicos y mentales.

La detección precoz es clave. Los especialistas recomiendan prestar atención a señales como un estado de ánimo bajo persistente, la pérdida de interés por actividades antes gratificantes, cambios significativos en el apetito o el sueño, fatiga constante, dificultades de concentración, sentimientos intensos de culpa o inutilidad y pensamientos recurrentes sobre la muerte. Si estos síntomas se mantienen durante más de dos semanas, es fundamental acudir a un profesional de la salud mental.

Además, los expertos coinciden en que pequeños cambios cotidianos pueden ayudar a preservar el equilibrio emocional, como mantener hábitos de sueño y alimentación saludables, establecer rutinas y metas alcanzables, cuidar las relaciones sociales, centrarse en el presente y buscar espacios de confianza para compartir lo que se siente.

La salud mental se ha convertido en un reto colectivo. Visibilizar el problema, romper el estigma y garantizar el acceso a una atención psicológica y psiquiátrica adecuada son pasos imprescindibles para frenar una crisis que ya afecta a millones de personas en España.

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